Valor Agregado

DAN MUNER

En veces, al levantarme en la mañana, abro las cortinas permitiendo el ingreso de los rayos del sol que inundan el living. Son momentos en que tengo la sensación en que, el día parece estar esperándolo a uno.

Es diciembre, ya el tercer día de movilizaciones del sector público. Servicios como Registro Civil y Tesorería General no atienden. Se suma nuestro Ministerio, que pese a la poca adhesión, también paraliza. Entiendo que debo adherir con una actitud consecuente, marcar mi horario y nada más.

El ingreso principal está lleno de propaganda alusiva a la movilización. Que el digno reajuste. Que el respeto al servicio público, en fin. Solo queda entreabierta una reja que permite el acceso controlado a los funcionarios. La puerta giratoria y la otra entrada del frontis principal más los ingresos por el Pasaje y Agustinas están cerrados. Salgo al quiosco de afuera, es medio día y desde ahí visualizo a los gremialistas junto a colegas cerrando el ingreso a personas externas. El frontis es una algarabía, animado por un bombo y unos chinchineros contratados para la ocasión, además, al bullicio de trompetas plásticas, se suma el calor inclemente que hace insostenible la escena. El borde de cemento del jardín de la plaza está atiborrado de funcionarios y curiosos. Parece un palo de gallinero, lleno de gallos, pollos y gallinas.

Desde el quiosco reparo -entre aquel gentío- en una mujer baja de piel canela, lleva a su hijo en un “canguro” sostenido de su vientre. Usa falda de género oscuro hasta las canillas y alpargatas negras, su cabello tomado se esconde bajo una especie de chupalla, no es chilena, eso está claro, su aspecto andino me recuerda mi estancia en la ciudad de La Paz.

Junto a su hijo esperan estoicamente bajo el sol abrasador una explicación de porque no es atendida, más, no hubo respuesta y nadie fue capaz siquiera de revisar sus papeles.

Lleva una carpeta con hojas. Al rato, casi resignada se retira a paso cancino, sin reclamar, yendo por Teatinos al norte, en dirección a Huérfanos. Cuando se aleja, algo me hace ir tras ella, trato de eludir la mirada escrutadora de funcionarios y dirigentes que ahí se hayan para lo cual la sigo de cerca. Al llegar a Huérfanos me apresuro y le doy alcance.

– Señora, espere. Usted necesita legalizar un documento ¿?- Le dije.

Ella se detiene, observa con un ademán huidizo y desconfiado, a lo cual asintió que si, que efectivamente requiere estampar un sello de Legalizaciones. El niño que carga tiene su rostro algo sucio y de aspecto pegajoso, su piel canela asoma, sus ojos son expresivos y almendrados como los de su progenitora. Señalo a la mujer que yo puedo resolver su urgencia, pero por contraparte, ella debe esperar lejos de todo aquel bullicio, a objeto de que ningún colega o dirigente pueda percatarse de este quebrantamiento de mi parte a lo acordado, o sea, no atender público.

Ella se sienta en una banca en calle Huérfanos. Yo examino el documento, Un Poder Simple extendido en la ciudad de La Paz, legalizado por el Cónsul chileno.

El papel estaba doblado en un sobre con manchas de aceite. Señalo que debe esperarme y trataré de conseguir esa validación. Vulneraré la regla y decido no ser consecuente con esta movilización, entendiendo que la necesidad de ella es más valedera. Además, no es fácil estar sola en un país ajeno. Al cabo de media hora y gracias al favor concedido por un colega de Legalizaciones pude llevar a buen puerto esta situación con el bendito poder ya legalizado. Demás, está señalar que tras todo este trámite hay un drama humano que atañe a su hijo, por tanto, era muy necesario contar con el documento en regla. Vuelvo donde ella a la banca. Se nota ansiosa. Su hijo bebe un jugo de un envase incoloro. La mujer me mira como pidiendo una respuesta inmediata. Le señalo que me fue bien. Entregué el Poder Simple. Ella lo revisa detenidamente. Levanta sus ojos para agradecer.

Nos despedimos. Me extiende su mano húmeda y pegajosa, –quizá por el nerviosismo y desconfianza- pero a la vez es una mano extendida en toda su amplitud. El rostro del niño parece aún más transparente y sus ojos expresivos brillan y semejan a la sonrisa regala por un niño al tener un regalo navideño.

Ahí estoy. Absorto. Detenido en el tiempo, paralizado en esa esquina de Huérfanos con Teatinos en medio del mosaico de personas, viendo como se pierde esta mujer y su hijo en la multitud. El calor y las gotas de sudor se detienen en el cuello de mi camisa y hasta me parece un refresco agradable. Mi función no es precisamente atender público, pero pude conseguir que, una sola persona dignificara aquella, mi función. Es ahí precisamente, en donde radica el Valor Agregado, no solo al trabajo mismo que ejecutamos sino de nuestros actos en la vida cotidiana. En predicar con el ejemplo. El Valor Agregado de sostener una mano ajena y saltar desde la vereda del frente. Precisamente, es aquello, agregar a la necesidad ajena una resta de mi tiempo.

Son cerca de la una de la tarde y a esa hora, el calor es ya lo único insoportable.

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