“Olor a cola”

Autor: Rey Leonidas

En un caluroso día de verano del mes de diciembre de un año que no recuerdo, regresábamos, en compañía de F.T., a reanudar nuestras labores al antiguo edificio sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, Ex Congreso, tras haber disfrutado de un grato y opíparo almuerzo en un restaurant amigo.

Una vez que ingresamos al lobby del edificio, nos dirigimos corriendo a detener el ascensor, en el que se encontraba un antiguo funcionario. Cabe señalar que el aludido funcionario no realizó ningún esfuerzo por detenerlo, ya que seguramente otros eran sus pensamientos en ese momento.

A pesar de que sólo debíamos subir tres pisos, F.T. insistía en subir vía ascensor, pues no se mostraba dispuesto a dirigir su voluminosa humanidad por las escaleras. Afirmaba con convicción que las escaleras serían una pesadilla para su rodilla y “físico”.

Fue un crasso error haberle hecho caso. Nunca debimos tomar ese ascensor.

Una vez dentro de ese cuadrilátero metálico, noto un fuerte, pegajoso e inusual olor, casi asfixiante.

Luego de percatarme sobre ese particular olor, se me ocurre realizar un desafortunado comentario frente a mi agotado amigo y al funcionario de marras que casi nos deja en el primer piso.

– Oye F.T., es idea mía o ¿hay olor a cola?

Posterior a esta ingenua y válida pregunta, uno espera una respuesta afirmativa, negativa o en el peor de los casos, un silencio embarazoso. Sin embargo, F.T. tuvo un ataque de risa que casi se transforma en una convulsión generalizada de toda su humanidad. F.T. no paraba de reírse y mientras más lo miraba, menos entendía lo que pasaba,

– Oye, ¿pero de que te ríes? ¡En verdad, hay un fuerte olor a cola!

Tras mi insistencia del olor a cola, noto que el funcionario se repliega hacia un rincón del ascensor. Lo veo algo disminuido con un color pálido y rojizo, mostrando su cara una notoria expresión de incomodidad. Asimismo, observé que se aferraba a una de las manillas del ascensor, quizás como demostración de inseguridad.

Nos bajamos en el tercer piso, y F.T. aún seguía con su risa contagiosa y en consecuencia, le exigí explicaciones, porque en verdad no entendía nada, ¿Cómo podía ser tan divertido el olor a pegamento en un ascensor?

F.T. procedió a explicar que el citado funcionario tenía una reconocida tendencia u orientación sexual (hoy conocida como una válida opción de vida diferente) y que por ello el afectado había palidecido por mi expresión “hay olor a cola”.

Como sus mercedes podrán apreciar, antes de hablar, es conveniente analizar el escenario donde uno se desenvuelve y expresa sus opiniones.

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