– Nada Pidió en su Partida…

Nada Pidió en su Partida…

(Vivencia)

Dominguita.

Conocí a Don Norberto Díaz, apenas llegué al Ministerio, antiguo y viejo encuadernador, digo viejo, con respeto, con la sabiduría que dan los años, tendría a lo menos 75, 76, enjuto, encorvado y solitario. Con el inhalador para el asma en el bolsillo del único y raído terno que tenía; deambulaba por los pasillos de la ex Diconta, (Dirección de Contabilidad) con grandes volúmenes de papeles a cuesta, los que prodigiosamente trasladaba en viejas pero resistentes bolsas de género hasta su casa, donde “Lucas” un gato angora venido a menos con el correr del tiempo y única compañía, lo esperaba maullando a orillas del brasero .

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Era un hombre féliz, su trabajo era su vida, las permanentes crisis asmática no le hacían mella, salía orgulloso de ellas , siempre venciendo las batallas, “que más puedo pedirle a la vida,” decía. Tenía trabajo y una sencilla casita de madera que él mismo construyera treinta años atrás, en el fondo de un gran sitio en Conchalí, herencia de una tía del Sur.

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Su ausencia por varios días al Ministerio, hicieron sospechar lo peor… nunca dejaba de darse una vuelta “por la pega” como él decía, cada tres o cuatro días…

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El 15 de noviembre de 1990 – lo recuerdo como si fuera ayer – muy temprano esa mañana, en las afueras de su casa, un grupo de vecinos comentaban el suceso, mientras Lucas, sin comprender el alboroto, observaba agazapado y temeroso en un rincón de la ventana.

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El viejo encuadernador, finalmente había sucumbido a un certero y fulminante ataque de asma que lo sacudió y remeció sin consideración esa noche. Luego de echar abajo la puerta para sacarlo, su cuerpo aún tibio, no tuvo otro destino que la Morgue de la ciudad, a donde dos camilleros en un trabajo de rutina, lo trasladaron, a la espera de la autopsia de rigor y el correspondiente reconocimiento familiar.

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– Era separado desde hace muchos años!, comentó una vecina.

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– Con varios hijos en Melipilla, expresó el almacenero de la esquina.

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– Hace mucho que no lo venían a ver,¡ nadie sabe donde ubicarlos! concluyó el repartidor de gas del barrio, mientras volvía al triciclo, haciendo sonar el balón de turno, ofreciendo su mercancía.

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Las miradas se cruzaron entre los que llegamos al lugar y la pregunta no se hizo esperar, produciendo un frío eco en los asistentes:

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¿Quién pagará los gastos ?

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¡No tenía ná…! Dijo una viejita, secándose el sudor de la frente con la punta de un viejo delantal.

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Bernardo su Jefe,¡ un jefe como pocos,! tenía la respuesta tras varios llamados telefónicos que se suscitaron con el correr de las horas.

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Así, al caer la tarde, el patrimonio para su último viaje estaba resuelto: 1 urna de madera de pino, 1 sepultura en el pasillo 20 nicho 3 del Cementerio General, pagada al contado, 2 Coronas de flores y 1 misa en la Capilla del mismo Camposanto; de yapa, el consabido aviso en el diario, que quizás, con fortuna, algún pariente o amigo pudiera leer, mientras él, ajeno a los vaivenes mundanos aguardaba pacientemente.

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Cuando el tañer de las campanas convocaron a la misa, ese caluroso sábado de noviembre, ningún pariente se presentó en la Capilla. Con grandes esfuerzos, laberínticos trámites y declaraciones juradas de todo tipo ante implacables e impertérritos funcionarios, habíamos rescatado su cuerpo.

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Ahora yacía bañado, reluciente, hermoso, impecablemente vestido en su recién estrenada urna, con la sola compañía de 3 o 4 funcionarios, quienes al finalizar la misa, prodigaron un estruendoso y caluroso aplauso, mientras refulgentes rayos de luz se apoderaban del cajón.

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Nada pidió en su partida… Todo le fue concedido.

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Cuatro semanas más tarde, dos hijas se presentaron al Ministerio.

5 Responses

  1. ME GUSTO MUCHO, PERO ES UN HECHO REAL Y CONTIENE MUCHO AMOR, Y ES DE LA VIDA REAL DEBIDO QUE FUE UNA PERSONA QUE ESTUVO EN ESTE MINISTERIO Y MUCHOS DE NOSOTROS PUDIMOS TENER CONTACTO CON EL.

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