El practicante número 90

Autor: Glorfindel

Ahí yacía inerme frente al cubículo que lo cobijó durante aquellos tres meses en los cuales su vida inevitablemente cambió para siempre. Entonces, Contempló con compasión aquel teclado, casi pidiéndole sus más sentidas disculpas por aquellas veces en donde su manceba vehemencia hizo estragos en aquellas teclas. De pronto, pensó en quienes lo habían utilizado y en quienes lo usarían en el futuro, sólo pidió inocentemente que no se le castigara nuevamente con algún súbito arrebato de creatividad.

El ordenador en aquel escritorio daba sus últimas señales de actividad. Él lo supo, en cuanto aquella pantalla se desvaneciese, todo el proceso que él había iniciado aquel día de agosto terminaría. En cierto sentido, no quería que el equipo se apagase, quizá esperaba que algún error retrasase el momento, para que ese punto final nunca llegase y la rutina diaria que empezaba a asimilar continuase indefinidamente. En el vacío de sus pensamientos notó que aquella pantalla yacía inerte frente a sus ojos y que, en el extremo izquierdo del monitor, una tenue luz anaranjada parpadeaba intentando comunicarse, dando la señal para la partida.

La silla que noblemente soportó su humanidad parecía no estar en aquel lugar. Quiso sentirla una última vez, se apoyó fuertemente en ella. Se sentía extasiado, como si estuviese en el firmamento y gravitado por alguna fuerza de naturaleza de origen sideral.

La sensación de haber cumplido con sus responsabilidades lo llenaba de un cierto orgullo, pero también de una sensación de inseguridad acerca de qué se vendría hacia delante. Había pasado una etapa, pero aún quedaban más tormentas que sortear, más por lo qué luchar.

Era sólo él y el vacío, él y su escritorio, él y su silla, él y su teclado, pero de pronto, y tras el súbito parpadeo anaranjado, sólo quedaron él y sus recuerdos en aquel lúgubre vacío. Cerró sus ojos y el vacío lo consumió poco a poco, intentó recordar sus experiencias en aquel lugar. De pronto escuchó unas voces, seguido por unos destellantes rayos, como si se trataran de relámpagos que luchaban enconadamente contra aquella oscuridad que carcomía todo a su alrededor.

La inmensidad se iluminaba, con tonos de distintos colores que él en seguida reconoció. El azul era el del consejo bien intencionado, era el color que más se repetía y, al escucharlos y verlos, su corazón rememoró aquellas palabras suaves que alguna vez le dieron y supo que, en aquella tormenta multicolor que se daba en aquel inconmensurable espacio, ese azul era su salvación. Tonos violetas y morados cubrieron súbitamente aquel magnífico escenario, él comprendió que aquella variopinta mezcla era obra del rojo, que relacionó a las verdades que muchas veces abrieron sus pueriles ojos. Esas revelaciones fueron llagas que marcaron su alma, pero que prontamente se transformaron en cicatrices que orgullosamente exhibió.

Pese a aquel espectáculo de colores, el negro parecía no ceder lugar. Cada vez que pensaba en el incierto futuro, las nubes negras retomaban un abrumador contraataque que neutralizaba esa exquisita sinfonía de rayos violetas. La lucha no tenía cuartel, sentía las voces cada vez más cerca, podía oír con vívida nitidez cada sílaba, cada letra, en una escala que hacía estremecerse todo a su alrededor. En un minuto, creyó que no sería capaz de seguir presenciando aquel espectáculo, que todas aquellas palabras y pensamientos terminarían por consumirlo en la vorágine en que se había transformado ese lúgubre espacio abismal. Las luces se intensificaban cada vez más, las verdades, los consejos, las felicitaciones, los retos, los miedos, el fracaso, se mezclaron en todo el lugar. Los rayos destellaban por doquier, ya no podía diferenciar qué era qué, lo único que sabía era que en el ambiente que, hace un instante no era más que vacío frío como el hielo, se había convertido en un desorden coloro incomprensible.

En un segundo la tormenta acabó. Los sonidos se esfumaron con sendos ecos en el ambiente y junto a ellos, los colores poco a poco cedieron terreno, no frente al avance de la oscuridad, sino que a una nueva luz destellante y cálida. Sus ojos no podían soportar la intensidad de aquella refulgente luz, los cerró por instante, sólo para darse cuenta de que estaba fuera del Ministerio.

La fresca corriente que refrescaba fuera de la institución lo hizo volver en sí, se acomodó bien su corbata y dubitativo comenzó a caminar por la acera. Aún seguía pensando en aquel abismo, en ese espacio inconmensurable que lo consumió durante un tiempo indefinido, quizás fueron meses o tal vez segundos, su única certeza fue que aquellas voces almacenadas en lo más profundo de sus recuerdos lo habían salvado de ser devorado por ese monstruo que él mismo había estado formando con sus miedos y frustraciones.

Fue en aquella acera soleada que, el Practicante número 90, comprendió que la vida seguía y que él construía cada paso de su incesante caminar.

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