Cuando el destino tuerce los planes más nobles

Seudónimo: Pu Yi

Partí un mes de septiembre hace casi treinta años para estudiar idioma mandarin en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Beijing, sintiendo los nervios propios de quien va a descubrir por primera vez las antípodas de Chile, en una época sin Internet, dispuesto a desandar los pasos de Marco Polo, el padre Mateo Ricci y otros tantos que me habían fascinado con sus relatos.

Luego de un agobiante viaje aéreo de más de 24 horas de duración y una breve parada en Hong Kong, seguí rumbo a Beijing donde me esperaba un colega de la embajada. Llegué a un aeropuerto oscuro, decrépito, mal iluminado, al cual un año después debería concurrir periódicamente a entregar y retirar la valija diplomática. Recuerdo como si fuera hoy mi cansancio, el caminar sobre algodones, no entendiendo nada de lo que se hablaba alrededor. Había llegado literalmente a un planeta situado fuera de nuestro sistema solar.

Una vez recuperado el equipaje y transitando el estrecho camino que nos separaba de la ciudad, mi colega con gran hermetismo me señaló: -Te voy a hacer un regalo antes de ir a nuestro alojamiento. De improviso enfilamos por una amplia avenida y cual pase mágico, aparecimos frente a unas altas murallas, cerradas por unas inmensas puertas. A la luz de la luna se vislumbraba su silenciosa y noble belleza. Mi colega me señaló solemnemente: -Esta es la entrada a la Ciudad Prohibida. Lugar cerrado por siglos a los simples mortales. Era el lugar de residencia del hijo del cielo, del emperador del reino del centro. A pesar de mi cansancio, quedé impactado por su majestuosidad. Me prometí que si tenía la oportunidad de recibir algún nuevo colega le brindaría este mismo mágico momento.

En los siguientes meses mi vida transcurrió tratando de dominar la endiablada fonética china, sus cinco tonos y que a pesar de mis infatigables esfuerzos era esquiva. Mientras tanto me fascinaba con el medio chino, una vasta mayoría del pueblo vestía de color verde y azul, sus millones de bicicletas, su industriosa comida. Los malabarismo de los ciclistas que en cada vehiculo transportaban los más disímiles objetos.

La majestuosidad de la Ciudad Prohibida y la Plaza Tiananmen contrastaban con los hutong, barrios tradicionales chinos que en aquella época rodeaban a gran parte del centro de la ciudad. Pude aventurarme por esos barrios tradicionales y más de alguna vez tener que usar sus servicios higiénicos públicos, inexistentes en las casas individuales. Ubicados en las esquinas de las manzanas, dispuestos de manera separada para hombres y mujeres, en su interior ninguna división, dejando el pudor occidental relegado a su mínima expresión. Descubrí que el gran pragmatismo chino los había diseñado con una peculiar característica, las excretas por la acción de la gravedad, caían a un contenedor de concreto del cual periódicamente eran succionadas por un camión cisterna, cuyo contenido era utilizado como fertilizantes en las zonas rurales.

Nuestra vida era sencilla, radicados en los departamentos occidentales, provistos por la Cancillería local, en edificios añosos pero cómodos. Mientras tanto el aprendizaje del idioma mejoraba y con ello la alegría de sentirse autónomo, libre para circular por la ciudad y sus maravillosos monumentos. Y llegó la oportunidad de hacer realidad mi promesa. Me habían asignado la responsabilidad de recibir a un novel colega que llegaba con su joven esposa a prestar funciones a la Embajada.

Llegué al vetusto aeropuerto en horas de la noche y al igual como habían hecho conmigo, le dije con similar hermetismo: – Antes de llevarles al alojamiento les quiero hacer un regalo.

Como mis conocimientos de la ciudad y su vericuetos ya eran amplios, decidí innovar para darle mayor espectacularidad al ingreso a la ciudad prohibida. Me dirigí por las estrechas calles de los hutong, que sin duda contrastarían con las imponentes puertas del principal monumento histórico de Beijing. Mientras conversaba y sorteaba todo tipo de obstáculos, de improviso me encuentro con un camión cisterna, recolector de las excretas de los servicios higiénicos de los hutong. El pragmatismo chino me cerraba el paso, mientras una nube pestilente lentamente se filtraba por cada vericueto de mi vehículo. Mis argumentos no eran suficientes para explicar durante veinte interminables minutos las “particularidades de los servicios higiénicos chinos”, mientras hacía esfuerzos infructuosos por retroceder el vehiculo que se encontraba encerrado por otros. Con mi mejor ánimo intentaba una docta charla sobre la importancia del conocimiento chino en la evolución de la humanidad, mientras nuestra vista no se despegaba del visor posterior del camión, que como un cíclope subía una sustancia marrón. La magnificencia del acceso a la Ciudad Prohibida, no pudo igualar el impacto producido años antes en mi arribo a Beijing. El destino había torcido mis mejores planes de sorprender a mis nuevos colegas, teniendo como resultado una bochornosa e imborrable experiencia.

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