– “El viejo Rolls-Royce”

“El viejo Rolls-Royce”

El funcionario

He dormido a saltos luego de una noche lluviosa con vientos huracanados y silbantes. El departamento me protege fielmente. Mi cuerpo para nada, pues solo entrega dolores húmedos a huesos inevitables. Aún así me resisto a jubilar, siguiendo a lugares distantes en dedicación exclusiva a un servicio que quiere alejarse; y entre el miedo y la duda, me escabullo entre laberintos burocráticos y favores personales.

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Es temprano y me preparo a viajar a Haití en misión especial, mientras deambulo con un tazón de café caliente, al que le he agregado unas gotas de Amaretto. Tengo poco ánimo, tal vez por el día, tal vez porque “Il pleut sur la ville, comme il pleure dans mon coeur”, como nos leía nuestra profesora de Francés en la ACADE, de quien me reía entonces, pero comprendo ahora.

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El transfer vendrá luego, y rápido examino algunas cosas para la maleta de ruedas gastadas. Yacen sobre la cama pulcramente hecha algunas camisas, un par de corbatas, un terno de lino, un antiguo sombrero de mi abuelo embajador, y un perfume seco. Un necessaire y el libro “Los comediantes” de Greene, completan el magro equipaje.

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Tiempo después en el avión, con un sándwich y un té reposando bien abajo, vuelvo sobre mi lectura en una cultura llena de misterios y códigos, que siento son los mismos que tendré que resolver y descifrar. Cabeceo, y me duermo lentamente, mientras pasa un largo instante en ideas tropicales y aguas turquesas.

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Aterrizamos suavemente. Se abre la puerta y entra un viento caliente y húmedo. En el Control, reviso y reviso, y no encuentro el pasaporte. Estaba seguro que lo había puesto en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta, abotonado afanosamente. Se acercan dos funcionarios de anteojos oscuros y mirada desconfiada, quienes me hacen pasar a una sala pequeña, mientras les escucho hablar un dialecto complejo. Como el vuelo llegó muy atrasado, les pido llamen a la embajada, pero permanecen impertérritos. Pasa una hora, otra y otra……… Finalmente me dejan pasar, dejando mi cédula de identidad. Abordo un taxi, e instruyo hacia un hotel barato.

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Un frenazo brusco y estamos en un ambiente polvoriento y amarillo. El chofer me indica que hemos llegado, que baje y vea precios. Entro a un edificio decadente, y entre claroscuros visualizo una mujer maciza con los pechos al aire, seguida de un hombre joven. Me doy cuenta que el lugar es barato, pero no es un hotel. Regreso al vehículo, y veo otro hombre sentado adelante. Es Christophe, primo del chofer, quien insiste en acompañarnos. Curioso………. Desconfío. …..

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Mientras aceleramos bruscamente, pienso en alguna forma de desembarazarme de ellos y continuar el camino. No llego a nada. Comento que es tarde, que urge un descanso. Sonríen. No me escuchan. No existo.

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Nos trasladamos a los cerros, donde a la luz de una luna rápida, resplandecen piscinas. Por allá, un viejo Rolls-Royce tan destartalado como yo, se esfuma. Escucho disparos a lo lejos………..no digo nada………. Enfilamos hacia lo desconocido, desde donde no se regresa. Me siento secuestrado, aterrorizado, incapaz de poner fin a esto, entre miradas de odio y ansiedad que nos acompañan hacia lo más profundo de la noche.

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3 thoughts on “– “El viejo Rolls-Royce”

  1. Minerva Caballero

    INTERESANTE RELATO, CON UN FINAL SUENA A : CONTINUARA…

  2. Gustavo Gonzalez

    Nada de continuarà…relato ameno, intrigante y simple….voto por èl.

  3. loreto

    Me encanto! lo lei por primera vez cuando lo enviaron por mail, como ejemplo de los cuentos del concurso, y ahora que lo leo nuevamente me sigue encantando la redacción y forma de describir cada momento.

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