– “Con Escala en un Sueño”

“CON ESCALA EN UN SUEÑO”

(cuento)

Isabel, como de costumbre, llegó muy temprano al aeropuerto para tomar el vuelo que la llevaría hasta su nuevo destino. Mientras esperaba el llamado de abordar, repasaba mentalmente cada punto de la minuta que debía exponer en la reunión. Ningún detalle podía quedar al azar pues de su intervención dependía una importante decisión de los asistentes.

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Ciertamente, era habitual en ella el culto a la perfección, no sólo en lo profesional, lucía un luminoso y negro pelo lais, que terminaba justo en el corte inglés de su suave traje color rosa. Un tenue maquillaje y un par de gafas oscuras se encargaban de ocultar los vestigios de los interminables días previos.

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Su carácter apasionado la hacía volcar todas sus energías en el trabajo, lo que le valió el respeto y reconocimiento, en su medio. En poco tiempo había logrado una connotaba y brillante carrera en la diplomacia chilena. Al principio, la maravillaba la fortuna de estrechar tantas latitudes, culturas e idiomas, disfrutaba con cada paisaje que podía registrar pero, poco a poco, la rutina se había encargado de opacar todo aquello, muchos hoteles, pocos hogares, muchas distancias y pocas personas para abrazar, la única familia que la espera en su casa, eran un par de Angoras. La nostalgia se apoderaba de su ser cuando pensaba en todo aquello que había quedado atrás.

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No obstante sus bastas millas acumuladas, no podía evitar la sudoración de sus manos y el cálido bombeo maratónico de su corazón, cada vez que el capitán de la nave anunciaba el despegue. Entonces, como en una sesión de yoichí, cerraba los ojos para atenuar los efectos del vértigo y lentamente sus músculos petrificados se iban distendiendo mientras iba recordando alguno de los momentos vividos en sus poco más de cuatro décadas.

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Como en un álbum fotográfico, iban pasando una a una las escenas memorables de su infancia. Difícil era olvidar las cenas de navidad, en la casa de los abuelos, hermanos y primos alrededor del árbol husmeando en las tarjetas, la madre que con gran artificio deslizaba el pincel sobre un pavo, cubriéndolo con un dorado caramelo, cuyas esencias se hacían notar hasta el salón. El padre, con gesto amenazador, correteaba a sus dos hermanos, Francisco y Eduardo, que siempre querían abrir los regalos antes de nochebuena. Todo era como una postal importada… sólo faltaba el hombre de nieve.

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Eran tiempos de muchas travesuras pero, indudablemente, de mesurados consumos, nadie se frustraba porque no funcionaban las pilas de los palitroques y nadie terminaba en sicoterapia porque las barbies eran gordas e infladas de espuma. No había quien se imaginara un sofisticado aparato electrónico y jamás, los más jóvenes se quedaron sin batería cuando veían el amanecer detrás del viejo Aromo, escuchando los relatos de mágicos cuentos e historias de terror. ¡¡Que tiempos aquellos!! Pensaba, esbozando una sonrisa.

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Y.. ¿El día de la fiesta institucional?? Que coincidían con su estadía en Chile. Un día resplandeciente al aire libre …tan esperado por reyes y peones, alfiles y caballos. Un día sin teclados ni teléfonos y bienvenidos verde color pasto y albiceleste infinito, testigos omnipresentes en la fantástica comunión de bailes, acordes de risas y voces.

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De pronto un agradable aroma se deslizó por el pasillo de aquel boing, que se esparció como una ráfaga de viento, y aunque sintió gran curiosidad por saber qué era aquello que olía tan exquisito, se conformó con dejarse envolver y disfrutarlo, y sin perseverar demasiado en su rutina de yoichí, se comenzó a sentir plácidamente relajada.

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Aquel olor la había transportado hasta la casa que había hecho construir, hace algunos años en el sur de Chile. Estaba en medio de una gran alfombra que reverdecía todas las primaveras. Desde la ventana de su cuarto se atravesaba la imponente vista invernal del volcán y desde la terraza casi tocaba el lago con las manos. La calidez de las maderas nativas y los barnices imantados de su construcción la hacían única y especial, como un gran cofre lleno de ilusiones, anhelos y sueños concretos.

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La cocina era el punto donde se encontraba a sí misma, con su energía inspiradora, la que volcaba en consentir a aquellas personas de rostro desconocido, pero que tanto amor le inspiraban. Estaba ahí por alguna razón, había olvidado que dejó la olla puesta sobre la estufa y debía continuar con la tradicional receta, famosa por producir los mejores chocolates caseros de la zona. Todo lucía como una gran manzana confitada pero llegaba justo a tiempo para evitar se carbonizara su materia prima. En esa cálida y sencilla sinfonía de olores, colores y sabores, la acompañaban Florencia y Carla, de trece y siete años, respectivamente, eran su más preciado tesoro aun cuando era la primera vez que las divisaba. Hacían juntas, un gran equipo revolviendo, rellenando y decorando.

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Ya..estaba todo listo…¡¡Mmm que rico, exclamaron felices las niñas!! , se iban a deleitar con esos exquisitos sabores, cuando repentinamente… se escuchó una voz estereofónica y profunda que hizo paralizar aquella escena. Isabel, con gran esfuerzo trataba de identificar qué era lo que la voz comunicaba, sin poder lograrlo. En seguida, sintió un leve apretón en su brazo y una joven amable con un extraño acento le dice- ¡ madame, por favor, enderece su respaldo, abroche su cinturón, llegaremos en quince minutos!!..

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